jueves 4 de junio de 2009
jueves 14 de mayo de 2009
Relato insulso

Pachín se despertó al alba, sobresaltado. Miró en dirección al ventanal de su habitación. Supo que la pesadilla había terminado al contemplar los jirones rojizos entremezclados con el vasto firmamento de tonalidad azul marino que se alzaba sobre los tejados de la ciudad. Finas gotas de sudor recorrían su frente. Las enjugó con el antebrazo. Era un sueño recurrente. Se había producido varias veces, desencadenando un gran desasosiego y alteración en su carácter, de natural tranquilo. En él, aparecía inmovilizado contra su voluntad mientras, a pocos metros, Mercedes Milá ataviada exclusivamente en lencería fina le gritaba lascivamente “¡A mis piernas, moreno!”. Él, horrorizado, deseaba escapar, constatando al poco que, amordazado como se hallaba, carecía de posibilidad de alguna de huir de allí. Por otra parte, la pesadilla tenía un atisbo de incongruencia, como ocurre con tantos otros sueños, ya que él no era moreno, sino albino. Bastante había tenido que aguantar él en su infancia y primera juventud con las alusiones a Copito de Nieve y los chistes sobre Tipex y farlopa vellosa. En el mal sueño Mercedes le gritaba, enardecida por una lujuria irrefrenable, que quería practicar sobre él una lluvia dorada en la ducha. Más tarde, en el sueño, aparecía tumbado sobre una bañera con la Milá subida a horcajadas sobre su torso. Entonces gritaba con todas sus fuerzas pidiendo ayuda ante la inminencia de la fatalidad sobre su ser. Después solía despertarse, cubierto por completo de sudor, dejando el sueño inconcluso. Acto seguido, de un modo reflejo, solía recoger el sudor de su cara con la mano y lo olía, como dudando aún si las fronteras de la realidad, la vigilia y el mundo de los sueños, pudiesen estar de algún modo interrelacionadas y aquella humedad que le embargaba fuese, en realidad, orina.
Se incorporó en la cama. Miró el despertador. Demasiado pronto para comenzar la jornada, demasiado tarde para volver a conciliar el sueño el tiempo suficiente. Decidió ponerse en marcha de modo más pausado al habitual. Entró en el cuarto de baño cautelosamente, asiendo firmemente su bate de béisbol; encendió la luz y comprobó que ninguna presentadora de reality casposo acechaba sibilinamente. Las pesadillas siempre habían causado una honda impresión en él, que por lo general, tardaba algún tiempo en desaparecer por completo. Se duchó, vistió y preparó café. Tostadas. Cereales. Después encendió el televisor con pocas esperanzas. La televisión europea, salvo contadas excepciones, era lamentable. Pero en Irán, donde ahora residía por motivos laborales, era simplemente deleznable. La política estatal de las autoridades culturales consistía en tratar a los iraníes como estúpidos, y consecuentemente, ofrecer una oferta cultural idiotizante. Todo esto acababa produciendo el efecto deseado: una sociedad mayoritariamente idiotizada a través de los medios. Los ínfimos niveles ofrecidos en educación, oferta cultural e infraestructuras para las clases de rentas bajas, acababan de hacerles el trabajo sucio. Y prácticamente sólo había clases de rentas bajas. Eso y una pequeña clase pudiente. Nada más. Los beneficios para los dirigentes políticos y económicos eran evidentes. Una sociedad estúpida y fuertemente regida por una oligarquía autoritaria no daba problemas. Era fácilmente manejable. Esto es más viejo que mear haciendo circulitos. Pan et circensis, que decían los emperadores romanos.
El canal que estaba puesto en la televisión mostraba a una mujer islámica aterradora, semejante a un travestido trasnochado y algo obeso, algo así como una Pantohammed de Puerto Rico contando sus vivencias en los baños públicos cercanos a una mezquita de barrio. Cambió de canal. El siguiente era uno de deportes en el que unos tipos, también islámicos, llevaban a cabo sobre un cuadrilátero una pelea de Pressing Catch. Todo era muy parecido a lo que se podía ver en cualquier canal europeo pero más cutre. Con un deje notoriamente Kistch. No son iguales los fondos con los que cuenta una cadena de televisión europea que una árabe. En el ring, un Hulk Taliban con sobrepeso y una especie de El Último Yihaddero que necesitaba tratarse urgentemente por su endocrino, libraban un fingido combate a muerte ante una muchedumbre exaltada. Pachín suspiró para sí.¡Jesús! Menudas boñigas se traga la gente. El culo de Hulk Taliban era recorrido por pequeñas ondas, como la superficie de un mar con leve marejada, según éste corría por el ring dispuesto a rematar a su contrincante con una sentadilla asesina. La celulitis no perdona, pensó. Tampoco el paso del tiempo unido al exceso de fritanga. Finalmente, El Último Yihaddero sorteaba el letal ataque en el último momento y vencía a su enemigo haciéndole la llave del cangrejo ruso. El siguiente canal era uno de música. Lo mismo que la MTV, pero todo con ese profundo halo cutre, esa esencia de serie B tan Bollywood. Una mujer árabe muy acicalada, de buen ver, pero siempre en peor versión que lo que ofrecía la tele americana, bailaba y se contoneaba en un videoclip de apestoso hedor a imitación. Una Jennifer Laden cualquiera. La más notable diferencia con cualquier single de una artista parecida en los Estates era que allí, en Irán, y por extensión, en el mundo árabe, la presencia de esos violines juguetones, saltarines, típicos de la música tradicional, aparecían por doquier en los arreglos de cada canción. Esos violines no estaban mal. No al menos las primeras dos mil veces que los oías. Después no podías evitar detestarlos en lo más hondo de tu alma. El corazón humano posee una insondable capacidad de almacenar odio y una limitada posibilidad de albergar o transmitir amor. Así son las cosas. Así va el mundo. No tan mal, después de todo. Mientras hay vida, hay esperanza; mientras hay muerte no hay una mierda. Las cosas pueden ser simples si entiendes el mecanismo intrínseco que las fundamenta.
Una vez acabado el desayuno salió a la calle. De nuevo esa constante sensación de asfixia, de nuevo esa perenne polución fruto de la contaminación en el ambiente. En Teherán casi podías masticar el humo. Ofrecía una consistencia sólida en el aire. Menuda mierda. Así andaban luego las esperanzas de vida por aquellos parajes. Al carajo. Caminó hasta la oficina mirando el culo a las mujeres jóvenes al pasar. Era una costumbre heredada de cuando vivía en España. Ahora no tenía mucho sentido porque en Irán las mujeres iban ataviadas como caramelos. Enrolladas en sus grises envoltorios de tela. Ni atisbo de contornos claros de glúteos o senos. Una porquería, en suma. Iban tan emparedadas en gasa que, más que mujeres, parecían enormes huesos fracturados danzantes o tal vez colosales luxaciones vendadas hasta el tuétano que se exhibían por las calles polvorientas. Cuando te marchabas a un país árabe de las primeras cosas que echabas en falta eran las mujeres. Otra era la vida social. La mayoría de la gente, las presuntas clases medias, no podía permitirse las discotecas. Para ellos no existían. A los clubes de moda sólo acudían las clases pudientes y naturalmente, estos individuos sólo se relacionaban con personas de análoga posición. Si en una sociedad tradicionalista y autoritaria no puedes conocer personalmente a mujeres, las pocas que ves van disfrazadas de momias y entrar en las discotecas implica empeñar un riñón para reavivar el comercio del trasplante ilegal de órganos, todo ello se acaba traduciendo en que te vuelves un ermitaño pajillero, te guste o no. Ése era yo. ¡Qué dolor de manubrio!
Entré en la sede de la agencia de periodistas francesa en la que trabajaba, Mequetr EFE, mirando las piernas y el culo del vigilante de seguridad de reojillo. Había que intentar acostumbrarse. Por supuesto, no colaba. El onanismo era siempre mejor alternativa. Los hombres eran grasientos, groseros, babosos y se hallaban cubiertos de vello por completo. Resultaban desagradables en grado sumo. Sin embargo, las mujeres parecían, en contraposición, ángeles salidos del mismísimo paraíso. Pachín aún se preguntaba cómo las mujeres no habían ido volviéndose todas lesbianas en una transformación evolutiva lógica y consecuente de a acuerdo a unos parámetros de equidad estética. Imaginaba una sociedad futura, dentro de cientos de años, en la cual la estirpe masculina estaría esclavizada, todos los hombres enjaulados y tratados como ganado, utilizados exclusivamente como sementales para mantener viva la especie humana, eso sí, llevando a cabo una selección genética de los óvulos y espermatozoides para que preponderara el sexo femenino en los embriones y apenas existieran unos pocos machos utilizados exclusivamente a tal fin. Pachín pensó que debía dejar el Crack, aquellas reflexiones iban a acabar con él.
La primera mesa que había a la entrada de la oficina era la de Yuri. Yuri era el clásico ruso. Ese que uno se imagina en los estándares de nacionalidades. Un tipo enorme como un oso, rubio, ojos azules, borrachín, un poco desaliñado, siempre sudoroso y excesivo en su carácter. Casi siempre dicharachero y locuaz. Por supuesto, era un sátiro. Aunque probablemente todos los hombres lo son en su fuero interno, y realmente las distintas modalidades de degradación sexual son resultado de distintas combinaciones de latencias, potencialidades y actos. Yuri estaba liado con una iraní gorda y pestosa, totalmente impracticable. Pero él decía que era la mujer que necesitaba porque él era un depravado sexual. Por tanto, de nada le valía salir con una chica atractiva que luego, llegados al catre, se comportase como una melindrosa que no se prestase a sus perversiones más oscuras y diversas. Al parecer, con esta hembra de encanto dudoso podía sentirse pleno sexualmente y ese era el leit motiv de su elección. Afirmaba que prefería enchufársela a algo de apariencia asquerosa que, por el contrario, diera buena cabida a su aparato amatorio. Por el contrario, Pachín casi siempre había sido un esteta y tenía serios problemas para interesar a las mujeres que solían interesarle a él. De ahí su honda melancolía, solitaria existencia y ásperas protuberancias callosas en la palma de la mano derecha. Él creía que los requisitos de apariencia asquerosa y buena cabida al miembro viril también los podía satisfacer un cubo de basura. No parecían criterios muy selectivos. De cualquier modo, de Yuri no se podían esperar sutilezas idiosincrásicas tales como sensibilidad, sutileza y gusto por lo bello. Tal vez la auténtica felicidad consista en aceptar las propias limitaciones. Las que la vida nos impone. Mirad a las cucarachas. Han aprendido hasta a vivir sin cabeza durante días. Mirad a nuestros políticos. Son como pollos sin cabeza y ahí siguen. Adaptativamente, de lo más selecto de la especie humana.
En el despacho, además de ellos dos, también trabajaban dos caramelos. Imposible discernir si un chotis boscoso se escondía bajo aquellos envoltorios. Siempre la misma historia. Aún así eran feas de cara, con lo cual, la curiosidad de Pachín no rebasaba los límites del interés que pudiera suscitarle un cuenco de celulitis recién extirpada o un saco de boñigas de cabra para abono. Pachín saludó a sus compañeros, se sentó en su mesa y comenzó a trabajar. Abrió un documento de texto y escribió un haiku crepuscular:
Semen de cabra
Polen de cardo;
Que te follen.
Se sintió orgulloso de su lírica. Siempre había sido bueno con la pluma. También era un lince con los dobles sentidos y las polisemias. En este hermoso haiku había demostrado que seguía en plena forma. Era una cuestión de tenerlo o no tenerlo. Como en tantas otras cosas de la vida. El resto de la jornada dejó transcurrir la mañana, trabajando lánguidamente en papeleos insulsos y crónicas de actualidad social a medio hacer. Cada vez sentía mayor repulsa hacia su trabajo y menor comunión con las tareas a realizar. Pachín siempre pensaba en trabajos exóticos que pudieran ser más estimulantes. Que acarrearan acción, movimiento; fiesta de los sentidos. Se imaginaba como amaestrador de pulgas púbicas de circo, ayudándolas a llevar a cabo las más arriesgadas piruetas sobre el felpudo perfumado de alguna bella azafata. Otrora podía verse como sargento chusquero puteando a los novatos de las nuevas promociones y clavándoles las insignias en el culo hasta que se mantuvieran allí ensartadas en hermoso equilibrio. Delirios de poder, destellos de grandeza: ansias de cerveza. La jornada se acercaba a su fin y Pachín no veía la hora de tomarse unas cañas con Yuri a la salud de las chicas a las cuales nunca podría mancillar. Luego pensó que la vida no debía reducirse a aquella gestión funcionarial de papeleo sin fin ni objeto último. Que debía haber algo más. Pero en ello consistía la trampa. En que no había nada más. La existencia era sólo eso. Dejar pasar el tiempo en un constante desperdicio existencial. No importaban las grandes pretensiones artísticas, empresariales, filantrópicas. El margen de maniobra de un hombre siempre era un espacio limitado que no le sobreviviría en lo esencial. ¿Y qué era lo esencial? Que le colgasen si lo sabía. Pero lo que podía asegurar era que lo realmente importante no era todo aquello por lo que las personas porfiaban. Lo trascendental era todo lo que las personas consideraban insignificante. Cortarse los mejillones de los pies. Bañar al gato. Hacer la compra. Limarse los juanetes. Pagar puntualmente los recibos de la luz. Tener reservas de cerveza en la despensa. Todas esas pequeñas cosas, en la medida que te alejaban del manicomio, eran las que daban sentido y orden real a la existencia. Pachín sintió la necesidad de escapar de todo ello, comprendió profundamente a los suicidas y decidió que debía cambiar de vida si no quería acabar minusválido mental, loco y desahuciado por los nocturnos pasajes de locura que vislumbraba tras cada decepción o ansiedad inherente a la desazón humana. Poco a poco le fue embargando una honda sensación de alivio, la certeza de conocer el camino correcto, la tranquilidad de espíritu que alababan los grandes filósofos de la historia que en el mundo han sido. Respiró hondo y se relajó. Miró en dirección a la mesa de su compañero. Yuri, que recogía sus bártulos en ese momento, le guiñó un ojo y le propuso ir a tomar unas rondas de cerveza a la tasca de la esquina. Pachín aceptó y marcharon juntos, atravesando ese insulso devenir que supone la vida en casi la totalidad de su extensión.
Se incorporó en la cama. Miró el despertador. Demasiado pronto para comenzar la jornada, demasiado tarde para volver a conciliar el sueño el tiempo suficiente. Decidió ponerse en marcha de modo más pausado al habitual. Entró en el cuarto de baño cautelosamente, asiendo firmemente su bate de béisbol; encendió la luz y comprobó que ninguna presentadora de reality casposo acechaba sibilinamente. Las pesadillas siempre habían causado una honda impresión en él, que por lo general, tardaba algún tiempo en desaparecer por completo. Se duchó, vistió y preparó café. Tostadas. Cereales. Después encendió el televisor con pocas esperanzas. La televisión europea, salvo contadas excepciones, era lamentable. Pero en Irán, donde ahora residía por motivos laborales, era simplemente deleznable. La política estatal de las autoridades culturales consistía en tratar a los iraníes como estúpidos, y consecuentemente, ofrecer una oferta cultural idiotizante. Todo esto acababa produciendo el efecto deseado: una sociedad mayoritariamente idiotizada a través de los medios. Los ínfimos niveles ofrecidos en educación, oferta cultural e infraestructuras para las clases de rentas bajas, acababan de hacerles el trabajo sucio. Y prácticamente sólo había clases de rentas bajas. Eso y una pequeña clase pudiente. Nada más. Los beneficios para los dirigentes políticos y económicos eran evidentes. Una sociedad estúpida y fuertemente regida por una oligarquía autoritaria no daba problemas. Era fácilmente manejable. Esto es más viejo que mear haciendo circulitos. Pan et circensis, que decían los emperadores romanos.
El canal que estaba puesto en la televisión mostraba a una mujer islámica aterradora, semejante a un travestido trasnochado y algo obeso, algo así como una Pantohammed de Puerto Rico contando sus vivencias en los baños públicos cercanos a una mezquita de barrio. Cambió de canal. El siguiente era uno de deportes en el que unos tipos, también islámicos, llevaban a cabo sobre un cuadrilátero una pelea de Pressing Catch. Todo era muy parecido a lo que se podía ver en cualquier canal europeo pero más cutre. Con un deje notoriamente Kistch. No son iguales los fondos con los que cuenta una cadena de televisión europea que una árabe. En el ring, un Hulk Taliban con sobrepeso y una especie de El Último Yihaddero que necesitaba tratarse urgentemente por su endocrino, libraban un fingido combate a muerte ante una muchedumbre exaltada. Pachín suspiró para sí.¡Jesús! Menudas boñigas se traga la gente. El culo de Hulk Taliban era recorrido por pequeñas ondas, como la superficie de un mar con leve marejada, según éste corría por el ring dispuesto a rematar a su contrincante con una sentadilla asesina. La celulitis no perdona, pensó. Tampoco el paso del tiempo unido al exceso de fritanga. Finalmente, El Último Yihaddero sorteaba el letal ataque en el último momento y vencía a su enemigo haciéndole la llave del cangrejo ruso. El siguiente canal era uno de música. Lo mismo que la MTV, pero todo con ese profundo halo cutre, esa esencia de serie B tan Bollywood. Una mujer árabe muy acicalada, de buen ver, pero siempre en peor versión que lo que ofrecía la tele americana, bailaba y se contoneaba en un videoclip de apestoso hedor a imitación. Una Jennifer Laden cualquiera. La más notable diferencia con cualquier single de una artista parecida en los Estates era que allí, en Irán, y por extensión, en el mundo árabe, la presencia de esos violines juguetones, saltarines, típicos de la música tradicional, aparecían por doquier en los arreglos de cada canción. Esos violines no estaban mal. No al menos las primeras dos mil veces que los oías. Después no podías evitar detestarlos en lo más hondo de tu alma. El corazón humano posee una insondable capacidad de almacenar odio y una limitada posibilidad de albergar o transmitir amor. Así son las cosas. Así va el mundo. No tan mal, después de todo. Mientras hay vida, hay esperanza; mientras hay muerte no hay una mierda. Las cosas pueden ser simples si entiendes el mecanismo intrínseco que las fundamenta.
Una vez acabado el desayuno salió a la calle. De nuevo esa constante sensación de asfixia, de nuevo esa perenne polución fruto de la contaminación en el ambiente. En Teherán casi podías masticar el humo. Ofrecía una consistencia sólida en el aire. Menuda mierda. Así andaban luego las esperanzas de vida por aquellos parajes. Al carajo. Caminó hasta la oficina mirando el culo a las mujeres jóvenes al pasar. Era una costumbre heredada de cuando vivía en España. Ahora no tenía mucho sentido porque en Irán las mujeres iban ataviadas como caramelos. Enrolladas en sus grises envoltorios de tela. Ni atisbo de contornos claros de glúteos o senos. Una porquería, en suma. Iban tan emparedadas en gasa que, más que mujeres, parecían enormes huesos fracturados danzantes o tal vez colosales luxaciones vendadas hasta el tuétano que se exhibían por las calles polvorientas. Cuando te marchabas a un país árabe de las primeras cosas que echabas en falta eran las mujeres. Otra era la vida social. La mayoría de la gente, las presuntas clases medias, no podía permitirse las discotecas. Para ellos no existían. A los clubes de moda sólo acudían las clases pudientes y naturalmente, estos individuos sólo se relacionaban con personas de análoga posición. Si en una sociedad tradicionalista y autoritaria no puedes conocer personalmente a mujeres, las pocas que ves van disfrazadas de momias y entrar en las discotecas implica empeñar un riñón para reavivar el comercio del trasplante ilegal de órganos, todo ello se acaba traduciendo en que te vuelves un ermitaño pajillero, te guste o no. Ése era yo. ¡Qué dolor de manubrio!
Entré en la sede de la agencia de periodistas francesa en la que trabajaba, Mequetr EFE, mirando las piernas y el culo del vigilante de seguridad de reojillo. Había que intentar acostumbrarse. Por supuesto, no colaba. El onanismo era siempre mejor alternativa. Los hombres eran grasientos, groseros, babosos y se hallaban cubiertos de vello por completo. Resultaban desagradables en grado sumo. Sin embargo, las mujeres parecían, en contraposición, ángeles salidos del mismísimo paraíso. Pachín aún se preguntaba cómo las mujeres no habían ido volviéndose todas lesbianas en una transformación evolutiva lógica y consecuente de a acuerdo a unos parámetros de equidad estética. Imaginaba una sociedad futura, dentro de cientos de años, en la cual la estirpe masculina estaría esclavizada, todos los hombres enjaulados y tratados como ganado, utilizados exclusivamente como sementales para mantener viva la especie humana, eso sí, llevando a cabo una selección genética de los óvulos y espermatozoides para que preponderara el sexo femenino en los embriones y apenas existieran unos pocos machos utilizados exclusivamente a tal fin. Pachín pensó que debía dejar el Crack, aquellas reflexiones iban a acabar con él.
La primera mesa que había a la entrada de la oficina era la de Yuri. Yuri era el clásico ruso. Ese que uno se imagina en los estándares de nacionalidades. Un tipo enorme como un oso, rubio, ojos azules, borrachín, un poco desaliñado, siempre sudoroso y excesivo en su carácter. Casi siempre dicharachero y locuaz. Por supuesto, era un sátiro. Aunque probablemente todos los hombres lo son en su fuero interno, y realmente las distintas modalidades de degradación sexual son resultado de distintas combinaciones de latencias, potencialidades y actos. Yuri estaba liado con una iraní gorda y pestosa, totalmente impracticable. Pero él decía que era la mujer que necesitaba porque él era un depravado sexual. Por tanto, de nada le valía salir con una chica atractiva que luego, llegados al catre, se comportase como una melindrosa que no se prestase a sus perversiones más oscuras y diversas. Al parecer, con esta hembra de encanto dudoso podía sentirse pleno sexualmente y ese era el leit motiv de su elección. Afirmaba que prefería enchufársela a algo de apariencia asquerosa que, por el contrario, diera buena cabida a su aparato amatorio. Por el contrario, Pachín casi siempre había sido un esteta y tenía serios problemas para interesar a las mujeres que solían interesarle a él. De ahí su honda melancolía, solitaria existencia y ásperas protuberancias callosas en la palma de la mano derecha. Él creía que los requisitos de apariencia asquerosa y buena cabida al miembro viril también los podía satisfacer un cubo de basura. No parecían criterios muy selectivos. De cualquier modo, de Yuri no se podían esperar sutilezas idiosincrásicas tales como sensibilidad, sutileza y gusto por lo bello. Tal vez la auténtica felicidad consista en aceptar las propias limitaciones. Las que la vida nos impone. Mirad a las cucarachas. Han aprendido hasta a vivir sin cabeza durante días. Mirad a nuestros políticos. Son como pollos sin cabeza y ahí siguen. Adaptativamente, de lo más selecto de la especie humana.
En el despacho, además de ellos dos, también trabajaban dos caramelos. Imposible discernir si un chotis boscoso se escondía bajo aquellos envoltorios. Siempre la misma historia. Aún así eran feas de cara, con lo cual, la curiosidad de Pachín no rebasaba los límites del interés que pudiera suscitarle un cuenco de celulitis recién extirpada o un saco de boñigas de cabra para abono. Pachín saludó a sus compañeros, se sentó en su mesa y comenzó a trabajar. Abrió un documento de texto y escribió un haiku crepuscular:
Semen de cabra
Polen de cardo;
Que te follen.
Se sintió orgulloso de su lírica. Siempre había sido bueno con la pluma. También era un lince con los dobles sentidos y las polisemias. En este hermoso haiku había demostrado que seguía en plena forma. Era una cuestión de tenerlo o no tenerlo. Como en tantas otras cosas de la vida. El resto de la jornada dejó transcurrir la mañana, trabajando lánguidamente en papeleos insulsos y crónicas de actualidad social a medio hacer. Cada vez sentía mayor repulsa hacia su trabajo y menor comunión con las tareas a realizar. Pachín siempre pensaba en trabajos exóticos que pudieran ser más estimulantes. Que acarrearan acción, movimiento; fiesta de los sentidos. Se imaginaba como amaestrador de pulgas púbicas de circo, ayudándolas a llevar a cabo las más arriesgadas piruetas sobre el felpudo perfumado de alguna bella azafata. Otrora podía verse como sargento chusquero puteando a los novatos de las nuevas promociones y clavándoles las insignias en el culo hasta que se mantuvieran allí ensartadas en hermoso equilibrio. Delirios de poder, destellos de grandeza: ansias de cerveza. La jornada se acercaba a su fin y Pachín no veía la hora de tomarse unas cañas con Yuri a la salud de las chicas a las cuales nunca podría mancillar. Luego pensó que la vida no debía reducirse a aquella gestión funcionarial de papeleo sin fin ni objeto último. Que debía haber algo más. Pero en ello consistía la trampa. En que no había nada más. La existencia era sólo eso. Dejar pasar el tiempo en un constante desperdicio existencial. No importaban las grandes pretensiones artísticas, empresariales, filantrópicas. El margen de maniobra de un hombre siempre era un espacio limitado que no le sobreviviría en lo esencial. ¿Y qué era lo esencial? Que le colgasen si lo sabía. Pero lo que podía asegurar era que lo realmente importante no era todo aquello por lo que las personas porfiaban. Lo trascendental era todo lo que las personas consideraban insignificante. Cortarse los mejillones de los pies. Bañar al gato. Hacer la compra. Limarse los juanetes. Pagar puntualmente los recibos de la luz. Tener reservas de cerveza en la despensa. Todas esas pequeñas cosas, en la medida que te alejaban del manicomio, eran las que daban sentido y orden real a la existencia. Pachín sintió la necesidad de escapar de todo ello, comprendió profundamente a los suicidas y decidió que debía cambiar de vida si no quería acabar minusválido mental, loco y desahuciado por los nocturnos pasajes de locura que vislumbraba tras cada decepción o ansiedad inherente a la desazón humana. Poco a poco le fue embargando una honda sensación de alivio, la certeza de conocer el camino correcto, la tranquilidad de espíritu que alababan los grandes filósofos de la historia que en el mundo han sido. Respiró hondo y se relajó. Miró en dirección a la mesa de su compañero. Yuri, que recogía sus bártulos en ese momento, le guiñó un ojo y le propuso ir a tomar unas rondas de cerveza a la tasca de la esquina. Pachín aceptó y marcharon juntos, atravesando ese insulso devenir que supone la vida en casi la totalidad de su extensión.
lunes 9 de marzo de 2009
jueves 12 de febrero de 2009
Intenté dejar el alcohol

"Un hombre es rico en proporción a las cosas que puede desechar".
Henry David Thoreau.
Intenté dejar el alcohol. No pude. Intenté dejar las drogas duras. No pude. Mi novia quería reformarme: Intenté dejarla. Me dejó ella. Intenté apartar de mi lado a mis amigos y familiares. Ambos me dieron la espalda después de muchos sufrimientos y esfuerzos por mi parte. Intenté encontrar el sentido de la vida, completamente fumado, así que peregriné hasta la meca, escalé el Himalaya y anduve hasta el Taj Majal. Luego me desperté vomitado y solo en el suelo de un cuarto de baño, cuando no quedaba nadie en la fiesta, con los rayos de la luz del sol dándome en la cara, reflejando su policromía luminosa sobre pedazos de huevo revuelto y verduras incrustados en mi cara y adquirí dos certezas: 1. No había estado en ninguno de esos sitios, sólo había estado drogado. 2. Había cenado tortilla paisana.
Intenté encontrar la motivación en mi vida así que abracé la religión, incidiendo en sus vertientes más extremas. Así, me hice budista, sintoísta, maoísta, confucionista, onanista homérico, terrorista islámico, integrista ortodoxo, taxista sardónico y heterodoxo griego. Abracé a los países árabes. Tampoco hallé satisfacción en estas disciplinas por lo que sólo conservé mi fe respecto al onanismo.
Intenté entonces encontrar mi camino en la ciencia política. Me licencié en una carrera, estudié catorce horas al día, me afilié a un partido, me colegié, tomé anfetaminas mejorando codo a codo con los más ambiciosos especialistas del sector. Enaltecí mis aptitudes diplomáticas y mi capacidad de ambigüedad terminológica ante la realidad ineludible de los hechos objetivos y posteriormente escalé peldaños dentro de la organización política. Me hice a mi mismo, fui un triunfador social y me cansé de mi propio éxito.
Me aburrí de la vida, conocí la depresión, el hastío existencial, el aburrimiento post-traumático, la prejubilación mental, la menopausia estajanovista, el ocaso laboral. Dejé mi escaño, prestigio, señoritas de alto standing, holdings inmobiliarios, reuniones de empresa, accionado en telefónica y planes de pensiones al 15%. Lo dejé todo. Compré una tienda de campaña, doné mis bienes y me fui a vivir a un solar descampado en las afueras de la ciudad. Volví a beber. Volví a fumar. Volví a apartar de mi lado a amigos y familiares. No intenté encontrar el sentido de la vida. Volví a despertarme vomitado, esta vez de vino barato y curruscos de pan duro, con mi cuerpo extendido boca arriba mirando a las estrellas relucir luminosas en una aureola de maravilloso polvo cósmico, radiante y evocador, misterioso e infinito. Ya tenía una motivación en mi vida: no hacer nada dejándome llevar como una olvidada veleta herrumbrosa sacudida por los susurros del viento. Naturalmente, conservé mi militancia practicante respecto al onanismo. Repudié la ciencia política, di la espalda al inútil conocimiento adquirido. Era un indigente y por fin había encontrado mi lugar en el mundo. Había aprehendido el verdadero sentido de la vida. Me relajé una vez más dejando que el viento cálido de primavera desabrochara mis desordenados cabellos y escupiera sobre mi curtido rostro y di gracias al mundo por haberme llevado a tal destino. Era feliz, aunque me dolía el estómago. En breve me levantaría e iría a buscar algún contenedor cercano a un restaurante o un centro de ayuda social. Cuando dejara de acariciarme aquella brisa sanadora.
lunes 2 de febrero de 2009
Almudena Grandes, "Víctima"
Columna de opinión en el diario El País, a 2 de febrero de 2009.
"Esperanza Aguirre se considera la principal víctima de la trama parapolicial, presuntamente sostenida con fondos públicos, que, al parecer, ha espiado durante años a personalidades del PP, del Ayuntamiento de Madrid y de su propio Gobierno. Estoy segura de que no se refiere a los dossieres que circulan a su alrededor en todas direcciones, porque ella es de los pocos notables de su entorno del que no ha aparecido ninguno, pero sus palabras evocan en mí a otras víctimas.
Pienso en el doctor Montes, en sus colaboradores, en los equipos de cuidados paliativos de Leganés y otros hospitales, en los madrileños que podrían haber tenido una buena muerte que les fue negada, y en los familiares que les vieron morir con dolor. Pienso en los trabajadores y usuarios de una sanidad pública despreciada, maltratada y en vías de desmantelación, en los representantes sindicales difamados como delincuentes, en el triste final de la clínica Puerta de Hierro, en los pingües beneficios de las multinacionales sanitarias. Y en el abandono de la educación, en las guarderías inexistentes, en el colegio construido en El Álamo con dinero de todos y privatizado después a traición, en la caída de la inversión en los centros públicos, en el trato de favor que las juntas de escolarización deparan a los concertados, en los fondos que no llegan a las universidades, en el campo de golf que se alza donde los niños de Chamberí pedían instalaciones deportivas. Y, para ser sincera, también pienso en mí.
Pienso en mí, y en los millones de madrileños que ganamos por la izquierda las autonómicas de 2003, para que Aguirre recuperara el poder gracias a un procedimiento tan irregular que se diría digno de varios dossieres. En Madrid sobran víctimas. Hay tantas que nuestra presidenta se merece, con creces, el puesto de honor que reivindica. No nos caerá esa breva".
"Esperanza Aguirre se considera la principal víctima de la trama parapolicial, presuntamente sostenida con fondos públicos, que, al parecer, ha espiado durante años a personalidades del PP, del Ayuntamiento de Madrid y de su propio Gobierno. Estoy segura de que no se refiere a los dossieres que circulan a su alrededor en todas direcciones, porque ella es de los pocos notables de su entorno del que no ha aparecido ninguno, pero sus palabras evocan en mí a otras víctimas.
Pienso en el doctor Montes, en sus colaboradores, en los equipos de cuidados paliativos de Leganés y otros hospitales, en los madrileños que podrían haber tenido una buena muerte que les fue negada, y en los familiares que les vieron morir con dolor. Pienso en los trabajadores y usuarios de una sanidad pública despreciada, maltratada y en vías de desmantelación, en los representantes sindicales difamados como delincuentes, en el triste final de la clínica Puerta de Hierro, en los pingües beneficios de las multinacionales sanitarias. Y en el abandono de la educación, en las guarderías inexistentes, en el colegio construido en El Álamo con dinero de todos y privatizado después a traición, en la caída de la inversión en los centros públicos, en el trato de favor que las juntas de escolarización deparan a los concertados, en los fondos que no llegan a las universidades, en el campo de golf que se alza donde los niños de Chamberí pedían instalaciones deportivas. Y, para ser sincera, también pienso en mí.
Pienso en mí, y en los millones de madrileños que ganamos por la izquierda las autonómicas de 2003, para que Aguirre recuperara el poder gracias a un procedimiento tan irregular que se diría digno de varios dossieres. En Madrid sobran víctimas. Hay tantas que nuestra presidenta se merece, con creces, el puesto de honor que reivindica. No nos caerá esa breva".
jueves 22 de enero de 2009
Disertación 4
miércoles 21 de enero de 2009
Sólo eso

Inicio una nueva categoría en mi ombliblog, "Vintage", donde voy a subir cosas que, escritas en mi juventud, creo merecen justa presencia en este blog.
xxxxxxxx
Cadaverina, putrescina, miembros que se van consumiendo, corrompidos por dentro. Estoy en el coche. No recuerdo desde hace cuánto tiempo. Sé que estoy en el coche. Al menos estoy, pero eso es lo único. Afuera se escuchan voces; son como un reflejo. Como una bocanada de viento. Como ondas sinuosas aprestándose sobre un mar calmo. Después se marchitan y no queda nada. Como pasa con tantas otras cosas. Con la vida, por ejemplo.
Con la vida.
El coche volcó. Eso sí lo sé. Ha quedado quebrado sobre la autopista. Hace frío y es de noche. Hacia el exterior sólo se proyectan sombras oscuras, crujidos sibilantes como susurros demudados y, de cuando en cuando, fogonazos. Son los faros de los coches. Aminoran a nuestro encuentro pero no se detienen. Nuestros problemas no son de nadie, sólo nuestros. Estoy consciente. Definitivamente consciente, aunque preferiría no estarlo. Mi cuerpo yace apresado, víctima de los caprichos orográficos del hierro, la chapa y el cristal molido. Siento un gran dolor a lo largo de toda la columna y el amasijo dentro del cual me encuentro, me impide moverme. Pienso que si tuviera alguna hemorragia intensa manando de cualquier parte de mi cuerpo, me vería incapaz de hacer nada para interrumpirla. Pero si eso ocurriera, probablemente perdería el conocimiento al disminuir la presión en el torrente sanguíneo. Tal vez, ahora debería intentar reconstruir los hechos para saber a qué me enfrento, pero no quiero hacerlo. No me siento capaz. Sé que en el coche viajaban más personas. Personas a las que quiero. Sé que probablemente en estos momentos mi vida corre peligro, pero tal vez no quiera seguir viviendo. Es el olor. Es ése olor que se está desprendiendo a mi alrededor lo que me aterra. Es un olor que no conozco y sin embargo lo estoy reconociendo; Cadaverina, putrescina, miembros que se van consumiendo, corrompidos por dentro.
No somos las películas que hemos visto. No somos los libros que hemos leído. No somos los lugares donde hemos estado. Tampoco se trata de lo que nos ocurra. No somos los instantes de desesperación que hemos sufrido en el pasado. No somos los recuerdos hermosos que hemos guardado en la memoria. Porque no somos memoria. Apenas sí somos. En su lugar deberíamos hablar de materia orgánica, de tejidos del presente, de la putrefacción del mañana. Eso es lo único que somos.
Con la vida.
El coche volcó. Eso sí lo sé. Ha quedado quebrado sobre la autopista. Hace frío y es de noche. Hacia el exterior sólo se proyectan sombras oscuras, crujidos sibilantes como susurros demudados y, de cuando en cuando, fogonazos. Son los faros de los coches. Aminoran a nuestro encuentro pero no se detienen. Nuestros problemas no son de nadie, sólo nuestros. Estoy consciente. Definitivamente consciente, aunque preferiría no estarlo. Mi cuerpo yace apresado, víctima de los caprichos orográficos del hierro, la chapa y el cristal molido. Siento un gran dolor a lo largo de toda la columna y el amasijo dentro del cual me encuentro, me impide moverme. Pienso que si tuviera alguna hemorragia intensa manando de cualquier parte de mi cuerpo, me vería incapaz de hacer nada para interrumpirla. Pero si eso ocurriera, probablemente perdería el conocimiento al disminuir la presión en el torrente sanguíneo. Tal vez, ahora debería intentar reconstruir los hechos para saber a qué me enfrento, pero no quiero hacerlo. No me siento capaz. Sé que en el coche viajaban más personas. Personas a las que quiero. Sé que probablemente en estos momentos mi vida corre peligro, pero tal vez no quiera seguir viviendo. Es el olor. Es ése olor que se está desprendiendo a mi alrededor lo que me aterra. Es un olor que no conozco y sin embargo lo estoy reconociendo; Cadaverina, putrescina, miembros que se van consumiendo, corrompidos por dentro.
No somos las películas que hemos visto. No somos los libros que hemos leído. No somos los lugares donde hemos estado. Tampoco se trata de lo que nos ocurra. No somos los instantes de desesperación que hemos sufrido en el pasado. No somos los recuerdos hermosos que hemos guardado en la memoria. Porque no somos memoria. Apenas sí somos. En su lugar deberíamos hablar de materia orgánica, de tejidos del presente, de la putrefacción del mañana. Eso es lo único que somos.
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Durante un tiempo F trabajó como repartidor en una floristería. Era un trabajo sencillo. Cargar la furgoneta. Llevar encargos de un lado a otro. Sobre todo Fiestas. Comuniones. Bodas. Hospitales. Tanatorios. Cementerios. Momentos importantes de la vida. Todos ellos adornados con flores. Esos cambiantes capullos que se marchitan en apenas días, elegidos inopinadamente como símbolo del imparable ascenso hacia la vida y posterior descenso hacia la nada, símil del nacimiento y la posterior defenestración de la especie humana. Cubrimos de rosas, claveles y orquídeas los recintos donde nos casamos, donde enfermamos, donde somos postrados frente a nuestra implacable vejez, donde somos depositados cuando ya no existimos. Esas flores significan belleza, exhuberancia, inmediatez desnuda, pero también futilidad, evanescencia, fragilidad, inconsistencia. El complemento ideal para los grandes acontecimientos de la existencia. Un paradójico aderezo de recepción y despedida.
F trabajó una temporada en la floristería y pronto se adaptó al trabajo. No era una labor dura y supo sobrellevarla sin dificultad, hasta que una mañana ocurrió algo distinto. Los pedidos de flores para el tanatorio se debían depositar directamente en las salas en las que se dejaban a los difuntos dentro de sus ataúdes. Este servicio estaba incluido en el trabajo de reparto de floristería. Así, al igual que otras veces, F entró en la sala para colocar las coronas de flores, pero muy pronto notó que en aquella sala había algo distinto. Nunca supo si aquel olor, aquel intenso hedor nauseabundo, había inundado libremente la estancia como consecuencia de una desafortunada avería en el sistema de ventilación. Desconocía si por el contrario aquella mareante pestilencia se había extendido copiosamente debido a que el difunto llevaba días fallecido cuando fue encontrado y ya se había iniciado sobradamente el imparable proceso de descomposición. Sólo supo que aquel era el olor más espantoso que había conocido en su vida. Realizó las gestiones lo más apresuradamente que pudo y contuvo el vómito hasta el umbral de lo humanamente resistible. Tan pronto salió de la estancia se vació interiormente por completo. Condujo la camioneta hasta la floristería aún sobrecogido por la indescriptible experiencia odorífera y una vez allí, dejó el trabajo. Deseó no volver a encontrarse jamás en su vida con aquel escalofriante hedor frente a sí. Aquél era el inconfundible olor de la muerte. Después del fallecimiento y en el periodo que transcurre hasta la completa putrefacción del cadáver, se liberan una serie de sustancias fétidas resultantes de la descomposición de los aminoácidos en los organismos muertos. Eso es lo que somos, al menos en esencia: Cadaverina, putrescina; miembros que se van consumiendo, corrompidos por dentro.
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Ahora, en el interior del coche, la vida se torna obtusa. Como sumergida en una nebulosa crepuscular de olvido. Como un discurrir de acontecimientos lejanos que parecen sucederles a otros. Tomo conciencia de que estoy esperando. No sé exactamente a qué, pero estoy esperando. No me resta otra cosa por hacer. Temo moverme. No conozco el alcance de mis lesiones. Un dolor agudo y punzante, se extiende cada vez con mayor profusión por todo el contorno de mi espalda. Eso es bueno. Algo que duele es algo que sigue funcionando.
No somos las películas que hemos visto. No somos los libros que hemos leído. No somos los lugares donde hemos estado. Somos luces de neón parpadeando en la noche del desconcierto. Somos llama inflamable del delirio en un macabro juego diseñado por la mente maltrecha de algún loco enardecido. O puede que únicamente seamos sombras oscuras que se proyectan. Crujidos sibilantes como susurros demudados. Fogonazos que nos abandonan. Sólo eso.
Sólo eso.
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